lunes, 18 de febrero de 2008

monólogo

La sobrina menor

A ella le debo todo,

todo lo que soy, nada lo que fui.

En mi sueño de niña, estaba.

Ahora, ya no sueño.

Ya no siento.

Sólo soy.

Cuando pequeña, yo la adoraba.

extraña mujer, no se puede dudar

pues con ese aroma

y ese ser, nadie más la podría igualar.

Hermosa sin duda era

pero sola, sola, siempre estaba

desde aquel amanecer,

aquel amanecer morado

en ese rio helado.

Sangre casi noble, amor tibio

combinación bizarra no lo dudo.

Pero sí, así era ella.

Cuando niños, la vida no es gran cosa

juegos, felicidad y risas

lágrimas, rabietas y

esa soledad que duele.

Esa que siempre está ahí cuando eres un niño.

En esa edad en la que necesitas creer para saber,

esa soledad tan dura

se desvanecía,

tal como la rabia humeante

y como la sombra del olvido.

Como esos ocasos que se hunden en el rio

sin que nadie los mire.

Por un momento se iba,

gracias a mi tía.

Feliz yo era

con sus juegos, con sus cuentos,

cada día esperando el momento de abrazarla.

Ella, ella que llenaba de destellos dorados mi vida.

mi tía, sólo guanábana y encajes.

Cada cumpleaños, qué regocijo.

El mejor regalo sin duda alguna,

era mí misma.

Sí, mí misma, aunque suene raro.

De porcelana, cera e hilo,

inmóvil y sin vida.

Esa muñeca era yo.

Diez muñecas.

Diez retratos.

Diez espejos.

Las vi moverse, lo puedo asegurar

pero de niña, todo puede pasar.

Las cosas para ti son reales.

Para los demás…

¿qué importancia tiene?

La tía, ahora en su balcón

pasaba horas pensando en todo, en nada

en la vida misma, en su propia vida.

En ese amanecer helado.

En un sueño,

un sueño de muñecas,

de rio, de fruta.

Cuando llegó él,

en un sueño creí estar.

A mi niñez volví,

soñé con libertad.

Ese perfil, de papel, de sueño

de misterio llenó mi alma.

Cada día, un ramo me llevó.

Flores moradas, moradas como el cielo

como el cielo en la noche

como los ojos de mis muñecas.

La verdad duele al hombre

duele al niño,

duele a la madre.

Más no duele, no a mi tía.

Ni una palabra dijo.

El interés, la indiferencia

la búsqueda por el bienestar,

por la comodidad de aquellos que amas,

lleva al hombre a cambiar vidas.

A destruir esperanzas.

A romper sueños.

A tejer dolor,

Dolor ajeno,

Dolor que no duele.

Mi amada tía, mi hacedora de espejos

la última muñeca me dio.

Tibia, bella

de encaje y brocado vestida.

Con ojos brillantes, vivos

mucho más que los de cualquier persona.

Me casé.

Me case con mi perfil nebuloso.

Con mi misterio latiente.

Más mi sueño, lejos estaba de la realidad.

No fue como deseaba.

Mi sangre casi noble,

como la de mi tía.

Mi amor, ahora frio,

como el agua de rio.

Muerto,

muerto como mi ilusión.

En un balcón, oh si, en un balcón,

pasé la vida.

Viendo al tiempo pasear por allí,

menos desdichado que yo.

La hija menor.

La de once muñecas.

La esposa de mentiras,

de exhibición.

La soñadora.

Me fui secando por dentro.

Por fuera, nada sucedía, sólo

mis ojos, perdieron todo rastro de vida.

Se cayeron por la tristeza.

Por tanto ver personas reír,

debajo de mi, tal cerca,

pero a la vez tan lejos.

Por ver, a aquellos que me quieren ver.

Bajos, mis ojos ahora y siempre.

Mi cuerpo, intacto.

Rodeado de encajes, gasas y

ese olor a guanábana.

Ese aroma que siempre estuvo ahí.

Que siempre estará

Incluso ahora.

Mi voz, mi voz

he olvidado su sonido.

¿Cómo rumor de agua?

¿Cómo gemido del aire?

¿o, algo más?

Mi voz, silencio y nada más.

Una muñeca, mi última muñeca

más vida tenía que yo.

Pues yo, como flor marchita de antaño

y ella, rellena de miel, eterna y blanca.

Sus ojos, vacios

veían más que los míos

pues los ojos

Las ventanas de alma son…

Y mi alma, gris y muerta

tenía miedo de ver la luz.

Por sus ojos vacios, vida entró a ella.

Tal como a mi tía, le cambió la vida.

Mi tía, oh mí querida tía

mi futuro habrá vislumbrado,

o es que acaso, ¿las muñecas

e habrán dicho algo?

¿Será que pueden hablar?

¿Será que pueden oír?

¿Será que pueden llorar?

Sí, ahora mi muñeca

mi ilusión de cada cumpleaños,

mi retrato fiel y vivo,

sufre mis desdichas, en lugar mío.

Bien ella, aquella que tanto adoré

le enseñó a sufrir,

a fingir, a aparentar,

a no sentir.

Esas horas, hablándoles

meciéndolas,

¿Qué más no les habrá dicho?

Mi tía, me salvó de esta vida.

Pues mi espejo,

no tiene miedo.

No es como yo.

No prefiere estar sentada,

sentada en la cola de un piano.

Ella prefiere el balcón,

tal como mi tía hermosa.

Asumió mi silencio,

y tomó mi soledad.

Ahora es su turno,

pero ella

no tiene que aparentar

ser una muñeca.

Ella lo es, aunque entre nosotros

ya no hay diferencia alguna.

Bueno, al menos no para él,

mi él, que ya no es de papel,

ya no es de sueño,

de tinta

tinta que mancha el corazón,

y de pesadilla, profunda y negra.

No tengo más que decir.

pues una muñeca no es,

más que la imitación de una vida.

De nuevo me toca olvidar,

olvidar esos ocasos en el rio,

esos que nadie ve.

Olvidar,

el encaje blanco de mi tía,

que de niña, espuma de mar lo creía.

Olvidar, mi niñez,

mi desilusión,

mi encaje.

La sobrina menor, ya no soy más.

Sólo me queda

que mis recuerdos,

se pierdan en la inmensidad

acuosa de un sueño.

Pero un sueño,

un sueño eterno,

parecido a la muerte.

Parecido a la niñez.

En el que lo único que hay

es ella,

ella

ella.

Mi tía,

la única que no está ahora en ruinas.

Y yo,

La muñeca, la muñeca menor ahora soy.