martes, 14 de abril de 2009

Comedia de media noche

Lo conociste no hacía mucho, pero te enamoraste rápidamente. Todo sucedió a un ritmo vertiginoso. Al darte cuenta, habías abandonado todo por él. Dejaste a tu familia, tu trabajo, tus planes para ir a su lado, para pasar momentos de pasión bajo esas cuatro paredes que terminarías odiando profundamente. Al principio, ese permanente olor a humedad no te molestaba, el ruido del agua corriendo en las tuberías maltrechas te parecía un detalle insignificante, el foco opaco y las corrientes de aire eran simplemente parte del escenario romántico de tu historia de amor. Parecía el personaje principal de tus sueños, aquel con el que soñaste desde niña.

Al pasar el tiempo, tu historia se convirtió en tragedia, en una pesadilla . Poco a poco, su aroma inundó las paredes. Su voz se convirtió en tu conciencia. Tu existencia era él. Te rodeaba, te aplastaba. Poco a poco, perdiste tu existencia entre las sábanas arrugadas. Detrás de las ventanas sucias , tu escenario romántico se convirtió en una comedia sórdida y dolorosa. Él ya no era más tu leyenda, sino un ser monstruoso. Cada momento, sus fallas crecían como cadenas que te mantenían presa. Tenías miedo de huir; te acosaba en tus sueños más profundos. Una noche, tras romper tu alma en trozos, empacaste y saliste. Lo abandonaste a pesar de sus chantajes, de sus amenazas y de sus ruegos.

Te subiste a un taxi. La noche era oscura y tenías frio. Mejores excusas no encontraste para enfrentarte con tu destino. Huiste para no mirar atrás. Ya nada estaba bien y estabas en el borde del abismo. Pero lograste tragarte el miedo. Te dejaste llevar. No pensaste por un instante. Te saliste del cuento de hadas convertido en pesadilla. El asiento estaba sucio, por tantas vidas que pasaron por él. Amantes, pecadores y santos habían estado ahí antes que tú, y sus historias podías sólo imaginarlas. Hasta ese momento habías estado a la deriva, pero ese olor rancio a cotidianeidad te amarró al suelo. El conductor, aquel que había pasado infinitas veces por esas callejuelas húmedas, era una silueta, una sombra nada más. Murmuró algo, y respondiste lo único que ocupaba tu mente en ese momento: lejos.

Lo más lógico hubiera sido que el conductor te pidiera una dirección real, se riera, o te pidiera que te bajaras del coche. Sin embargo, no respondió nada. Simplemente se quedó quieto por unos instantes y comenzó a manejar. El destino no lo tenías claro, pero no importaba. No en ese momento. Al poco rato, las ventanillas del auto se empañaron. La ciudad se convirtió en una ráfaga de luz, y sus habitantes no existieron. Pensabas en todo y en nada a la vez. Varias veces, el miedo te sofocó. Te temblaron las manos y te dieron escalofríos. Prendiste un cigarrillo y abriste la ventanilla. La ciudad se reveló ante tus ojos como un grito, como un monstruo luminoso e intermitente. Cerraste los ojos; el viento revolvió tus cabellos. Le diste una calada a tu cigarrillo y el humo se perdió en la noche. Le pediste al conductor que se detuviera. Pagaste y te bajaste del auto. Sus luces se perdieron en la oscuridad, semejantes a un par de ojos vivos. Dónde estabas, no tenías ni idea, pero no buscabas tenerla. Entraste a un bar mal iluminado, húmedo y lleno de gente. A empujones lograste llegar a la barra. Te rodeaban sombras calientes, ruidosas y deformes. Tenías miedo, te sentías libre.

Te sentaste en un rincón, y cerraste los ojos. Reviviste una y otra vez los recuerdos luminosos de tu vida antes del infierno, de tu niñez, de tus esperanzas. Al abrirlos, las sombras se habían ido. Ahora te rodeaban simples personas, que te mostraban sus vidas grabadas en sus rostros, que disolvían sus penas y avivaban sus recuerdos con alcohol. Viste dinero, sexo, venganza y amor envueltos en un remolino de pasión, mal disimulados bajo el manto del amanecer. Te sentiste viva rodeada por mil, mil luces, mil sueños, mil destinos.

Saliste del lugar y viste hacia arriba. El cielo brillaba, y la ciudad dejaba atrás sus temores nocturnos. Como tú, seguía adelante. Sonreíste y caminaste hacia todos lados, sintiendo el aire helado devolverte la vida casi perdida. En ese momento, todo era como debía serlo. El sol salía lentamente, las piedras húmedas que pisabas gritaban, olía a lluvia. Los árboles rezumaban de rocío, la luz de la vida opacaba la ignominia; por un instante, la vida parecía sueño. Habías salido del laberinto, la medianoche se había olvidado.

2 comentarios:

Luis Monroy dijo...

Hola Ara!!
Me agrada mucho como escribes. Eres muy buena para crear ambientes y tu modo de describir me agrada bastante. Me parece que no deberías dejar de escribir y ciertamente que no equivocaste la carrera a estudiar.

Edna P dijo...

Hooola, Aranza! Coincido cn Luis, n vdd lo tienes! Jejeje y ps desearía ponerte algo más significativo n este comment, pro no estoy inspirada. sigue publicando! :)