lunes, 18 de febrero de 2008

De la memoria, el sueño y la niñez.

¿Qué es más difuso que lo que llamamos niñez?
Recuerdos borrosos, como sacados de un sueño.
Imágenes llenas de luz, que producen lágrimas con su fulgor.
Sucesos quién sabe si reales, ¿pero acaso no es la melancolía
el mejor pretexto para llorar?
De niño todo es más de lo que es,
más grande, más féliz, más doloroso.
Pocas veces recordamos sin cambiar lo que fue.
Mas acaso, ¿ realmente eso importa?
¿Estamos dispuestos a disipar lo que nos ha hecho lo que somos, nuestra realidad?
No lo creo.

Hay dias, en que algo insignificante e incluso banal
causa el abrazo de una reminiscencia desconocida,
te hace un hueco en el corazón, en el estómago;
porque, los recuerdos duelen,
sean buenos, malos, oscuros u olvidados,
son tales como una espina, una espina de sueños rotos.

¿Acaso no es nuestro pasado un dictador?,
colocado en un pedestal, no baja en el momento en que
nuestra salvación depende de ello.
¿Y no son los recuerdos, los soldados?
Caminando, hacia atrás en un arcoiris roto,
perdiendo tu presente, y tu futuro con una carcajada.

Porque un recuerdo, no es una memoria. Es el testimonio más
real de nuestra pura existencia. El hombre es no más que una carcasa vacia,
rellena de nada, ni siquiera de tiempo.
Lo pasado es infinito, nuestra memoria - al igual que nuestra vida- finita.

Un sueño, en cambio, vale más por su propia incoherencia.
Mas nuestra existencia arrogante, egoista, tan humana,
no permite capturar los sueños en el alma, al menos no tanto como hacemos
con los recuerdos.

Lo único que nos hace ser humanos, es esta capacidad de soñar,
de bailar en los recuerdos, de permancer perdidos en el remolino
del tiempo, del espacio. La capacidad de llorar por aquello
que no podemos mantener, que se va.

Pues el hombre, ¿qué más es que un animal que sueña? Un hombre aferrado a un niño,
un niño infinito, borroso, luminoso.

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