domingo, 17 de mayo de 2009

De café y cocodrilos

Esa noche, despertó nadando, enredado en sus sábanas blancas. No recordaba qué había soñado, sin embargo lo inundaba la sensación de que era algo desagradable. Tras un esfuerzo casi titánico, logró recobrar el ritmo natural de los latidos de su corazón y acallar el retumbe sordo en sus oídos. Conforme sus ojos se adaptaron a la oscuridad profunda que lo cubría, el secreto miedo a estar ciego repentinamente, desapareció. Ese --podría decirse irracional más no imposible-- terror nocturno surgió en su niñez, y permanecía hasta ahora, sin poder desvanecerse con el paso de los años. Esa pequeña luz debajo de la puerta lo mantuvo seguro hasta hacía poco tiempo, al abandonar su casa paterna. Renunciando a poder dormir tranquilo de nuevo, se levantó de la cama e inmediatamente prendió la luz. Después de asegurarse de que no había nadie acechándolo en la oscuridad, se dirigió a la cocina. Allí, se preparó una taza de café, regañándose en voz alta por consumir tal vez el único producto que lo alejaría definitivamente del sueño. Tras unos minutos, dejó caer la taza aun llena al suelo. Por qué lo hizo, no lo sabía. El suelo blanco se cubrió de trozos de cerámica y charcos de líquido humeante. Por un instante, dejó de pensar. Se agachó, y tomó un trozo de cerámica.

- No te vayas
- Ya es tarde, tienes que dormir hijo
- Pero no apagues la luz
- Julián, no puede ser que aún le tengas miedo a la oscuridad. Maldita sea, te he repetido hasta el cansancio que no te va a pasar nada. Ya no eres un bebé, madura. Ahora sólo me falta que te orines en la cama otra vez.
- ¡Perdón, papá! Te prometo que no lo vuelvo a hacer. Es que tenía una pesadilla.

El padre salió del cuarto, apagando la luz. Él no se movió de la cama. Temía levantarse a prender la luz. Así, a oscuras, sentía ser observado por seres grotescos y malignos; creía ver moverse a siluetas en las esquinas. Empezó a llorar, bajo para que su padre no lo escuchara. Al poco rato se quedó dormido.
Salió al patio de su casa, abriendo la puerta de su habitación. A lo lejos, escuchó el canto de un ave, que siempre pensó que en realidad era una lechuza diurna. Al mirar hacia bajo, se quedó petrificado. El suelo ya no era de adoquines rojos, era de reptiles largos y escamosos. Al instante, llamó a su madre, quien acudió en seguida. Pero la mujer no veía lo mismo que él, ella veía adoquines rojos. Lo mismo sucedió con su padre, quien simplemente le dio un golpe, instándolo a dejar esos juegos infantiles atrás y madurar.

Algo tibio cubría su mano y se deslizaba sobre su brazo desnudo. Se dio cuenta de que había apretado el trozo de cerámica hasta enterrarlo en su piel. Aún desubicado, colocó la herida bajo un chorro de agua fría e intento recuperar los últimos minutos de la noche, por alguna razón olvidados. Sin embargo, no pudo. Murmurando acerca del Alzheimer juvenil, regresó a su habitación. Bajo las persianas, se colaba la luz lechosa del amanecer, y su cama resplandecía al reflejarse ésta sobre las sábanas arrugadas. Extrañamente cansado e intranquilo, se acostó y se cubrió hasta la barbilla. A partir de ese día, no volvió a soñar con su padre.

1 comentario:

Luis Monroy dijo...

Hola Aranza!
A decir verdad este me pareció muy bueno. A mi me pudiste comunicar el miedo del personaje, y no se la sensacion de incertidumbre también. Pero como he dicho eso fue a mí igual y querías hacer otra cosa, igual y no querías lograr nada, pero en mi caso eso conseguiste. SIgue escribiendo Ara, no nos restrinjas de ello.